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Cambiar el reloj por la brújula

Miguel Ángel Santos Guerra
lunes, 31 de diciembre de 2018 (23:58:12)

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Se acerca el fin de año. Un momento oportuno para reflexionar sobre el paso del tiempo, sobre la velocidad que le imprimimos y el sentido que le damos.

Mi querido amigo Horacio Muros es Director de la escuela El Molino, sita en la provincia argentina de Mendoza. Horacio es una fuente inagotable de ideas y experiencias educativas. Ya he hecho varias veces alusión a él en este espacio. Hace ya tiempo me envió un correo cuyo contenido ha estado danto vueltas en mi cabeza hasta convertirse en este artículo. Dice así:
“Te cuento una historia. Tenia yo un viejo y sabio maestro llamado Aurelio Viñolo que aparecía en la dirección cada mañana y me proponía que nos tomáramos unas “vacaciones instantáneas”.

– Director, ¿tiene tiempo para que nos tomemos unas “vacaciones instantáneas”?, decía con una sonrisa en la boca. Serán solo unos minutos. Lo que dura una canción, una poesía, una de las estaciones de Vivaldi…
Eran unos momentos para compartir. Muchas veces con un mate o un café. Era un detenerse en el tiempo, un salirse de la vorágine de la gestión y poder “com-partir” ese breve momento que él bautizó como “vacaciones instantáneas”.

Era como un oasis en medio de la dinámica que representa la gestión, era un refrescar el alma. Aurelio ya está jubilado, lo recuerdo muchas veces y lo extraño…

He intentado hacer lo mismo con otros colegas muchas veces y realmente vale la pena tomarse ese tiempo, tomarse unas “vacaciones instantáneas” y volver…”.

Esta idea de las “vacaciones instantáneas” me parece una mina. Una mina de la que se extrae cordura, empatía, tranquilidad, energía, sosiego y sentido de la realidad. Viene muy bien detener el ritmo frenético de las actividades para compartir unos minutos de conversación, de reflexión y de encuentro. Vivimos de manera tan acelerada que detenerse unos minutos nos devuelve a la esencia de lo que somos y de lo que pretendemos.

No se trata de abandonar el trabajo y entregarse a la pereza. No. Como en aquella perversa anécdota que zahiere a los funcionarios, tachándolos de personas perezosas e inactivas.

– ¿Me acompañas a tomar un café?, le dice durante el trabajo un funcionario a su compañero de despacho.

– No, que me espabilo, contesta el interpelado sin salir de su ensimismamiento.

El paréntesis de la “vacaciones instantáneas” puede ser útil incluso para el trabajo. Porque es imposible mantener la atención de manera constante.

Creo que caminamos demasiado deprisa, con demasiada ansiedad, con una presión desmesurada. Tomarse unas “vacaciones instantáneas” es poner algo de higiene en la asfixia del trabajo.

Es también un modo de encuentro. Detenerse para hablar con el otro, para saber lo que piensa, lo que siente, lo que busca, lo que le pasa es un modo de encuentro saludable.

Tuve un compañero de Facultad y entrañable amigo, Paco Plaza, lamentablemente fallecido, que pasaba por los despachos a media mañana invitando a los compañeros a tomar un café. Ahora lamento no haberle hecho caso más veces. No era tiempo perdido el que me invitaba a compartir. Era un tiempo ganado para el trabajo y la convivencia. La presión de la escritura, de la lectura, de las llamadas, de las tutorías, de la preparación de clases, de las evaluaciones… me hizo olvidar alguna vez la esencia del momento. No aproveché esas “vacaciones instantáneas” que me proponía Paco.

Estamos instalados en la prisa, en la aceleración, en la urgencia. Se avanza a gran velocidad pero sin cerciorarse de si se hace en la dirección adecuada. Somos como el campesino del cuento de Mongolia que está agarrado a las crines de un caballo desbocado:

– ¿A dónde vas?, le preguntan.

– Pregúntaselo a mi caballo, contesta.

El caballo desbocado es el trabajo, la acción, los objetivos programados, el dinero, el progreso, la competitividad, la obsesión por la eficacia…

El ser humano actual, acelerado hasta la patología, se impacienta si el ascensor tarda unos segundos en llegar, si la cola del supermercado no avanza con rapidez, si el coche que está delante no circula cuando el semáforo se ha puesto en verde, si la página que busca en internet tarda unos segundos en hacerse visible. Queremos ir muy rápido pero no sabemos hacia dónde y para qué. Nos asemejamos al personaje de aquel viajo chiste:

Alguien llama por teléfono a un bar y pregunta por un tal Manolo para que vaya inmediatamente a urgencias del Hospital ya que su mujer ha sido ingresada de gravedad. Al instante, uno de los presentes sale a toda velocidad, se monta en una bicicleta que hay en la puerta y sale disparado. A los pocos metros se estrella contra una farola. Y se dice: “Me está bien empleado, porque ni me llamo Manolo, ni estoy casado ni sé montar en bicicleta”.

Tengo delante un libro de José Luis Trechera que se titula “La sabiduría de la tortuga”. Con dos subtítulos de interés. El primero dice: “Sin prisa pero sin pausa”. El segundo es más significativo, a mi juicio. “El tiempo es tuyo: cambiar el reloj por la brújula para tener el norte claro”. Dice el autor:
“A pesar de los inventos modernos que deberían aliviar la dureza de la actividad diaria y facilitar una existencia más relajada, la realidad camina por otro lado. Más que controlar y disfrutar del tiempo, da la sensación que es éste el que nos dirige y domina. Más que vivir, el ser humano se desvive o malvive”.

Cita el autor en una de las entradillas de los capítulos y secciones a F.T. Marinetti en su “Manifiesto futurista”: “Nosotros afirmamos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la velocidad. Un coche de carreras con su capó adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil rugiente que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”.

El poeta Jorge Guillén expresa esta sensación de manera espléndida: “Y se me escapa la vida,/ ganando velocidad,/ como piedra en su caída”/.

Carl Honoré, autor de varios libros sobre estas cuestiones (“Bajo presión”, “Elogio de la lentitud”, “La lentitud como método”) es presidente del Movimiento Slow. Decía en una entrevista no hace mucho cuando le preguntaban si había un antes y un después de asumir la filosofía de la lentitud:
“Definitivamente he cambiado, para mí hay un muy claro antes y un después. Antes probaba siempre de hacer cada vez más y más en menos tiempo. Me importaba la velocidad y la cantidad.

La mayoría de las veces me sentía apresurado. Ahora cada cosa que hago procuro hacerla lo mejor que puedo en vez de lo más rápido posible. Esto ha cambiado mi concepción del tiempo: ya no me siento un esclavo de él. Ahora siento que tengo el tiempo necesario para hacer lo que me propongo y nunca me siento apurado (a pesar de que tengo una vida excitante y plena). Y no es una paradoja.

Se trata de encontrar el equilibrio adecuado y de no obsesionarse con el tiempo”.
Pido prestado a Tito Livio el punto final: “Quien se apresura demasiado, terminará más tarde”.








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