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OPINIÓN | Educación
De lo mío a lo nuestro

Miguel Ángel Santos Guerra
sábado, 21 de abril de 2018 (10:49:21)

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Me preocupa en el funcionamiento de las instituciones educativas el dominio de una visión individualista que potencia el trabajo y el éxito particular frente al interés colectivo y la visión colegiada. Me inquieta el aislamiento en la actitud y en la acción. Porque creo que la actividad educativa verdadera es fruto de un proyecto de equipo. No hay equipo sin individuos, pero puede haber individuos sin equipo.

La organización potencia, a veces, una visión rabiosamente individualista frente al dominio de lo colegiado. Se escucha muchas veces el “mi” frente al “nuestro”. “Mi clase”, “mi horario”, “mi tutoría”, “mi asignatura”, “mis libros”, “mis alumnos”, “mi despacho”, “mis objetivos”, “mis problemas”… No tantas veces se oye “nuestro proyecto”, “nuestros alumnos”, “nuestros objetivos”, “nuestros libros”, “nuestro éxito”, “nuestros problemas”, “nuestras asignaturas”…

La concepción individualista tiene que ver, al margen de actitudes personales, con la configuración de las plantillas de los centros. Plantillas que se forman por aluvión, no por la naturaleza y características del proyecto. Plantillas que se configuran por azar o por intereses pero no por el contexto de la institución o las características del alumnado.

El individualismo tiene repercusión psicológica. Hay profesores que se sienten muy solos, que están muy solos. Pienso en los que tienen dificultades con la disciplina. Acabo de conocer el caso de una profesora española que se desplazó con la familia a Dallas y ha tenido que volver (con marido e hijos) porque las clases resultaban para ella un infierno. Yo me preguntaba al escucharla en la actitud de la dirección y la de los colegas. ¿Cómo es posible que la hayan dejado sola ante el peligro?¿Cómo es posible que la hayan dejado caer al abismo de la desesperación y al océano de las lágrimas?

Hago con mis alumnos un ejercicio (lo recojo en mi libro “Ideas en acción”) con el que pretendo avivar la reflexión sobre dos cuestiones fundamentales en la dinámica institucional de los centros educativos: compartir los fines y desarrollar actitudes cooperativas.

Realizan el ejercicio cinco voluntarios o voluntarias. A esos cinco les suelo decir estas cuatro cosas :

– Gracias por haberos brindado a realizar la experiencia. Si nadie lo hubiera hecho no podríamos llevar a cabo el ejercico.

– Enhorabuena por haberos arriesgado, por haber decidido hacer algo desconocido. Por haber asumido un riesgo. Hay quien alaba la bondad de la participación pero, cuando llega el momento de participar, espera que otros asuman la responsabilidad.

– Vosotros vais a recordar mejor que los demás esta actividad, porque lo vais a hacer. Los demás la van a ver hacer. Y a quienes se lo contéis lo recodarán mucho peor que todos quienes estáis aquí. Porque solo lo van a oír.

– Yo podría estar explicando la importancia de la colegialidad sentado en la mesa, con voz monótona y abundante aparato bibliográfico. Se produciría probablemente desmotivación y rechazo Pero ahora todos los que rodean esta mesa están interesados e intrigados por lo que va a suceder.

Les entrego a cada uno tres piezas de un puzle y les doy las siguientes instrucciones: “Tenéis que formar cinco cuadrados iguales, cada uno de tres piezas. Para hacer la tarea debéis tener en cuenta estas dos indicaciones: hay que trabajar en silencio y cado uno debe entregar a cualquiera de los otros cuatro una pieza que tiene y que ellos necesitan para formar su cuadrado. No se puede quitar piezas a los demás. Hay que ayudar a los otros y hay que dejarse ayudar”.

No se trata de hacer lo que habitualmente se plantea en la sociedad: cada uno tiene que hacer un cuadrado de tres piezas. Gana el que acabe primero y para conseguirlo vale todo. El que es más fuerte retuerce el brazo a otro y le quita las piezas que necesita, el que es hábil le hace mirar a un compañero para otra parte y así poder apropiarse de sus piezas… En el ejercicio se pretende mostrar otra forma de actuación. Se propone que cada uno aporte lo suyo para que todos consigan lo que se pretende. Hay un fin compartido y para conseguirlo se necesitan actitudes cooperativas.

El ejercicio pretende subrayar la importancia de del proyecto compartido, de la colegialidad como estilo y como meta. No vale el “cada uno a lo suyo”, el “sálvese quien pueda” y el “al que a Dios se la da, San Pedro se la bendice”. Aquí se pretende potenciar otros lemas: “cada uno para todos”, “si nos ayudamos, todos salimos ganando”, “juntos lo podemos conseguir”…

El ejercicio está muy bien diseñado. Hay soluciones individuales (cuadrados de tres piezas del tamaño exigido) que bloquean el éxito colectivo. Es decir que uno que forme su cuadrado con tres piezas está impidiendo que todos consigan el fin propuesto de tener cinco cuadrados del mismo tamaño, compuestos cada uno por tres piezas. Si no se desmonta esa formación, el ejercicio no puede tener éxito.

Cuando consiguen formar los cinco cuadrados de tres piezas sobre la mesa el ejercicio termina. A veces, sucede que cuatro han finalizado la formación de su cuadrado pero la quinta persona tiene sus tres piezas delante pero no sabe armarlas. Ante la situación pueden darse actitudes positivas o negativas:

Actitud negativa: “Ya sabíamos que si dependía de ti, lo ibas a estropear todo”.

Actitud positiva: “Tranquilo, que, como depende de ti, lo vas a conseguir”.

Si otro lo hace por ella se sentiría inútil. Esperarla es una actitud reconfortante ya que siempre consigue, aunque necesite tiempo y los otros paciencia, encontrar la solución.

Resulta importante esa actitud colaborativa. ¿Qué necesitan los demás para que todos acabemos ganando? Considero que no es positivo el planeamiento contrario: ¿qué puedo conseguir de los demás en mi beneficio?

A propósito de esa cuestión quiero contar una anécdota fidedigna de un monasterio trapense. Los monjes tenían una norma por la cual nadie podía pedir algo para sí mismo en el refectorio. Los compañeros tenían que estar pendientes de las necesidades de los demás y pedir para ellos lo que necesitasen. Nadie podía decir, por ejemplo: “me falta un cuchillo”. Tenía que verlo el compañero y pedir para él un cuchillo.

Una mañana se sientan los monjes para desayunar. Tienen servido el café con leche. Uno de ellos se da cuenta, con no menor asco que asombro, de que tiene ahogado en el tazón un ratoncilllo. Como no puede pedir que le cambien su ración y los dos compañeros no ven dentro de la taza, piensa que se va a quedar sin desayuno. Pero, como el hambre aguza el ingenio, descubre la forma de desayunar sin faltar a la regla. Llama al que sirve en el comedor y le dice:

– Por favor, hermano, a estos dos compañeros no les han servido ratón esta mañana.

En la práctica suele imperar un discurso y una práctica de corte individualista. ¿Cómo potenciar el discurso, la actitud y la práctica colegiada? Esta es la cuestión.

Una parte depende de cada persona, de su modo de concebir la práctica educativa. Pero hay otra que depende de la normativa y de la organización institucional. Las decisiones compartidas, la acción colaborativa, los tiempos y los espacios abiertos, la evaluación colegiada, hacen posible concebir fines compartidos y desarrollar acciones encaminadas al logro de los mismos. Las dos dimensiones son necesarias. Sin una de ellas prevalecerá la visión y la acción individualista. Es necesario pasar de lo mío a lo nuestro. En bien del alumnado. Y del nuestro.








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