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Y no me busques la boca

Miguel Ángel Santos Guerra
lunes, 26 de junio de 2017 (12:27:34)

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Hace pocos días, una profesora de un Instituto de Enseñanza Secundaria, me hace partícipe de unos hechos que me ayudan a poner sobre el tapate algunas reflexiones sobre la relación entre familia y escuela.

Todas las piedras que lanzan los padres y las madres al tejado de la escuela caen inexorablemente sobre la cabeza de sus hijos e hijas. Lo cual no significa que tengan que renunciar a la crítica y a la exigencia de mejores prácticas profesionales del profesorado. Porque la crítica y la exigencia razonables, abiertas y sinceras constituyen una ayuda y no son una pedrada. Una pedrada es la descalificación o ridiculización sistemática del profesorado, la falta de apoyo al cumplimiento de las normas por parte de sus hijos e hijas, la desautorización de la dirección del centro, la desinformación permanente, la falta de diálogo, la indiferencia ante los malos resultados…

Estos son los hechos. Una excelente profesora, de compromiso acendrado y de manifiesta cercanía emocional, llama a una alumna para advertirle, con exquisito respeto y a la vez con firmeza, de que la indumentaria que lleva no es adecuada para acudir al Instituto. Nada le dice sobre lo que tienen que hacer en su casa, en la calle o en la discoteca de turno. Viste un pantalón escandalosamente corto y apretado y un top que le deja al descubierto todo el vientre, en cuyo ombligo se puede ver un piercing reluciente. Para su sorpresa y no menor indignación, la alumna le responde con insolencia :

– No le hago caso ni a mi madre…. como para hacértelo a ti. Y no me busques la boca…

No sé si en todos los países de habla hispana es conocida esta ultima expresión. Ni siquiera sé si lo es en todos los lugares de este país. “No me busques la boca” es una expresión retadora, chulesca, provocadora… Tiene ingredientes de desafío, de altanería, de amenaza… Viene a decir que el interlocutor tiene que medir bien sus palabras porque se puede encontrar con una sorpresa desagradable. La insolencia no puede ser mayor. Trata de tú, no de usted, a la profesora, se muestra impertinente, amenaza de forma insolente y, en definitiva, se niega a aceptar una norma que de sobra conoce.

La profesora, sin responder ni añadir comentario alguno, le abre un parte disciplinario que, según figura en la Normativa, debe ser firmado por el padre o la madre de la alumna. Informada la madre, reacciona en un tono parecido al de su hija:

– “Ustedes tendrán sus normas, pero yo tengo las mías y no estoy de acuerdo con esta advertencia…. Así que no pienso ir a firmar el parte.

No sé cómo han seguido los hechos, pero con lo que sé sobre la sucedido es más que suficiente para redactar estas líneas.

Hay varias cuestiones que atraviesan el relato, de forma claramente aleccionadora. Por una parte está la cuestión relacionada con la norma o, más ampliamente, con la normativa. Tiene que haber normas en las instituciones. De lo contrario no podrían funcionar, no se podría convivir y trabajar en ellas. Razonables, justas, respetuosas… Pero normas. No es antidemocrático tener normas. Todo lo contrario: las normas son esenciales en una democracia. Normas que todos nos damos para poder convivir dignamente. La libertad de cada individuo acaba donde comienza la libertad de los demás. La democracia está en los antípodas de la anarquía, en la que cada uno hace lo que se le antoja aunque perjudique a los otros.

Tener normas, darse normas implica el deber de respetarlas, de cumplirlas. Me gustaría que los alumnos participasen en la elaboración de las normas. Porque las normas no sirven al poder, no son caprichosas. Sirven a la comunidad.

Hemos vivido el siglo XX como el siglo de los derechos. Me gustaría que le XX! fuese el de los deberes. Claro que tenemos derechos. José Antonio Marina dice en su libro Ética para náufragos que los seres humanos decidimos conferirnos, por el mismo hecho de serlo, una dignidad absoluta. Por consiguiente somos sujetos de derechos. Pero también tenemos obligaciones.

Téngase en cuenta, además, que se trata de un centro educativo. Es decir, de un lugar donde se aprende ciudadanía, donde se aprende a convivir, a cumplir las normas, a respetar loa demás.

La segunda cuestión que este hecho trae a mi consideración es el respeto no solo a la norma sino a la autoridad que exige su cumplimiento. Todos hemos de respetarla. Resulta inadmisible que la autoridad que encarna el profesor sea retada, menospreciada, amenazada.

No es de recibo en un centro educativo esa falta de respeto que se construye sobre la provocación, la chulería y la desvergüenza. Decirle a una profesora “y no me busques la boca” es decirle “ten cuidado con lo que dices o haces porque puede tener consecuencias imprevisibles y negativas”. Es abiertamente intolerable. Por eso la profesora cumple con un deber insoslayable cuando abre el parte disciplinario. No le ayudaría mucho si pasa por alto su forma de vestir o le ríe la pretendida gracia.

Pero el aspecto más reseñable, a mi juicio, es la postura de la madre. Ahí reside, a mi juicio, la base del comportamiento negativo de esta adolescente. Cuenta con el apoyo de la madre para reírse del centro donde estudia, para desobedecer, para enfrentarse a la profesora

En lugar de castigar su actitud, la apoya diciendo que ella tiene sus normas y las del instituto no lo resultan aceptables. Qué equivocación. Qué torpeza. Qué irresponsabilidad. Ya se ve que la madre tiene sus normas, pero su propia hija dice que no las cumple. Tampoco le importa la actitud altanera de la chica ante la profesora. Y el pésimo ejemplo que ofrece a sus compañeros y compañeras.

Esta familia está creando un monstruo. Y a quien primero va a devorar es a quien tiene más cerca. Esta chica no va a ir a buscar una familia de Japón, de Londres o de Estambul para acabar con ella. Tiene una muy cerquita para rebelarse contra ella y machacarla con la crueldad y con el desprecio.

La colaboración entre la familia y la escuela es fundamental para la buena educación de los hijos. ¿Cómo explicar esa ceguera obstinada y dañina, cómo puede darse una actitud de consecuencias tan dramáticas? ¿Es tan difícil entender que si unos reman en una dirección y otros en la contraria, la barca no puede avanzar?

Alguna vez me he referido al tenis antipedagógico. Se trata de una partido de tenis en el que los profesores echan la pelota de la responsabilidad a los padres y estos a los profesores, en la que los padres echan la culpa de todos los males a los docentes y éstos a los padres… Esa partida de tenis siempre tiene al mismo perdedor: el alumno.

Se imagina uno fácilmente a la niña y a la madre burlándose de la profesora, ridiculizado su actitud, despreciando los planteamientos del Instituto. Tampoco cuesta imaginar el final de la historia. Una adolescente egoísta, caprichosa, ingobernable, entregada a los caprichos y sin capacidad para afrontar las adversidades de la vida.

Cuesta poco, en definitiva, imaginar a la chica rechazando las normas morales de atención a sus mayores cuando pasen algunos años y la vejez se haya echado encima de quienes aplaudieron tanta desvergüenza.








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