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Colón murió sin darse cuenta

Miguel Ángel Santos Guerra
miércoles, 21 de junio de 2017 (08:12:58)

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He impartido unas conferencias en la ciudad argentina Justo Daract (provincia de San Luis). Admirable actitud la de unos educadores que dedican una parte de su magro sueldo a formarse y, a veces entre varios, a comprar un libro que leen con avidez. La formación permanente, que en España es sufragada por la Administración, allí tienen que pagarla de su bolsillo. Por eso no se entiende la típica pregunta de quien, al inscribirse en un curso de uno de nuestros Centros de Profesorado, dice:

– ¿A cuánto se puede faltar?

La pregunta esconde un planteamiento bastante mezquino: “Necesito saber de cuántas horas “me puedo librar (ese verbo es muy pertinente, muy preciso: uno se libera de la muerte, de la opresión, del castigo, de algo malo…) sin perder el derecho al certificado de asistencia”. Y de ese tiempo “libre” se aprovecha (o, visto desde el otro lado) se desaprovecha hasta el último minuto.

Se mide cuán bueno es un profesor por el ángulo que forman los certificados obtenidos, una vez colocados debajo del brazo. Algunos van por la escuela con los brazos extendidos sujetando innumerables papeles de acreditación, de modo que, si alguien solicita que le eche una mano dirán:

– No puedo echar una mano a nadie ya que tengo que sostener mis muchas acreditaciones.

¿Para qué les sirvieron si no mejoraron su práctica? ¿Qué dicen de ellos los niños y las niñas? ¿Qué piensan de su tarea los padres y las madres? ¿Qué dicen los colegas? ¿Que piensan los directivos de su actuación profesional? Esos son lis indicadores precisos de la calidad profesional.

Gelner ironizaba sobre esta obsesión meritocrática (ya sé que no se mete en ella el profesor por propia iniciativa sino que el sistema le arroja de cabeza en ella) con una simpática anécdota. Decía que, por las afueras de la ciudad de Edimburgo paseaba un individuo excéntrico que se entretenía en preguntar a los viandantes:

– ¿Le puedo hacer una pregunta?

– Sí dígame, solían decir.

– ¿Está usted bien de la cabeza?, interrogaba.

– Sí, ¿por qué me lo pregunta?

El susodicho personaje preguntaba entonces, dejando desconcertado al interlocutor.

– ¿Me lo puede acreditar?

– No sé cómo se acredita eso, pero sé que yo estoy cuerdo.

El interpelante añadía.

– Yo le voy a demostrar a usted que estoy en mis cabales. Y sacaba de su cartera un certificado que decía: Certificado de alta del manicomio.

¿Es usted un buen profesor? Sí, mire cuántos certificados de asistencia a cursos, congresos y seminarios he acumulado a lo largo de mi vida.

Algunas veces me preguntan los docenes argentinos cuánto cobran al mes los profesores y profesoras españoles, cuántos alumnos tienen en las clases, cuántas horas trabajan, con qué medios cuentan… y les contestas a cada una de ellas. Entonces te dicen:

- ¡Estarán dando saltos de alegría!

Les digo que la mayoría sí. Que disfrutan de su trabajo y valoran las condiciones que tienen. Pero que no siempre es así y que algunos dan saltos hacia abajo, aunque parezca imposible.

Al llegar al Colegio Gregorio Agüero de Justo Daract, ya de noche, celebramos una hermosa velada en torno a unas estupendas viandas que habían preparado las docentes (gracias, querida Bibi). Hermosa reunión en la que compartimos risas, preocupaciones y vivencias. Compartir, un verbo que hemos de conjugar más frecuentemente en los diversos escenarios de la vida.

Abordé en las dos conferencias que impartí el espinoso tema de la evaluación de los aprendizajes. Siempre se producen intercambios interesantes de experiencias y de emociones. Dentro y fuera de las salas de sesiones.

Una de las profesoras de la escuela, excelente profesional, me contó que siendo niña leyó en el libro de Historia la siguiente frase: “Colón murió sin darse cuenta”. Y que esa frase le había causado una pesadumbre enorme durante mucho tiempo.

Tardó en cerrar la frase con el pensamiento que seguía: “Colón murió sin darse cuenta… de que la tierra era redonda”. Ella quedó atrapada sin remedio en aquella primera parte de la frase. Puso un punto final antes de tiempo. A ella le daba una pena enorme que Colón se hubiese ido del mundo sin despedirse de forma explícita, sin plena conciencia, casi de puntillas. La angustia le dominaba al pensar en el descubridor yéndose al otro mundo sin tener claro lo que estaba sucediendo. Pobre Colón. Tan avispado para descubrir otras tierras y tan torpe para dejar la que pisaba.

He sido testigo de ese defecto de lectura que deja el pensamiento inconcluso. El alumno leía obstinadamente en voz alta: “Porque San Francisco de Asís dormía con una vieja”. El profesor daba un pequeño golpe en la mesa para que leyera de nuevo. Mi compañero volvía a repetir el enunciado: “Porque San Francisco de Asís dormía con una vieja”. Y colocaba allí un punto que no figuraba en el libro. El profesor sugirió:

– ¿Quiere pasar la página, por favor?

Fue entonces cuando el alumno hizo lo que se le pedía y pudo completar la frase: “Porque San Francisco de Asís dormía con una vieja manta”.

Leer de manera incorrecta genera problemas de comprensión. En estas mismas páginas he contado que, en una clase, el profesor preguntó en voz alta:

- ¿Quién fue el sucesor de Felipe II?

Uno de esos alumnos que tiene flojo el muelle de las respuestas, levantó la mano de forma impulsiva. El profesor, dirigiéndose a él, repitió:

– A ver, tú, ¿quién fue el sucesor de Felipe II?

El niño, con todo el aplomo del mundo, contestó: Su primo Genito.

– No puede ser. La línea dinástica no puede venir por los primos., dijo el profesor.

– Lo dice el libro. Lo he leído muchas veces.

– Es imposible. Lee bien

El texto decía: A Felipe II le sucedió su primogénito. Él no echaba de menos la letra mayúscula de Genito y no unía la palabra que estaba dividida en dos partes al final y al comienzo de las líneas.

Qué importante es compartir lo que vivimos y lo que hacemos. La experiencia compartida enriquece a quien da y a quien recibe la comunicación. Todo lo aprendemos entre todos.

Hay dos caminos para compartir con eficacia. Uno de ellos es el diálogo, el otro la escritura. En Justo Daract pude dialogar con los docentes. La profesora de música, protagonista de la frase que da titulo al artículo y de la historia de la lectura truncada me hizo partícipe de una vivencia infantil que solo ella poseía. Yo le conté a ella la historia escandalosa de San Francisco de Asís y la extraña modalidad de sucesión dinástica que había tenido Felipe II.

Con las ideas sucede lo contrario que con el dinero. Si le das a alguien dinero, te quedas sin él. Si le ofreces las experiencia, la acrisolas. Si alguien te da su experiencia no se queda sin ella sino que la enriquece al contarla.

Nadie hay nadie tan rico que no tenga nada que recibir y nadie tan pobre que no tenga nada que dar. Por eso insto desde estas páginas a compartir las vivencias. Los pequeños y los grandes momentos de la experiencia cotidiana. Las emociones felices compartidas se multiplican, las preocupaciones y los dolores se dividen.

Deberían existir tiempos y espacios para el intercambio relajado, para compartir lo que nos sucede, bueno y malo, para aprender de los otros, para contar historias. Y deberíamos tener una actitud abierta y generosa para la dádiva y humilde y sincera para la recepción. Todos seríamos más ricos en sabiduría y más felices en las relaciones. Compartir: he aquí un verbo clave. Una actitud decisiva.








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